Una noche color violeta




Por un momento, el mozo fue una nube opaca, sin vida. La silueta del hombre se desdibujó en el aleteo imperceptible de su lente de contacto recién estrenada. En ese instante, sin embargo pudo recrearlo hasta en sus más mínimas facciones sólo que en vez de juzgarlo gris como lo hacía siempre, lo vió con destellos violetas en el moñito bordó y en el abultado bigote entrecano. Se rió de su ocurrencia mientras hacia su pedido y la lente de Liz Taylor, como ella misma ya la había bautizado, volvía a su sitio.
Ella se había sentado frente a la puerta del bar, como hacia siempre y hasta ese momento no se había percatado del revuelo que habían causado sus repetidos pestañeos. Luego de ver a otros comensales, a las milanesas con puré y hasta al ciruja que pasaba por la calle de un color violeta intenso, de puros nervios comenzó a reir con demasiadas e inevitables ganas, lo que desencadenó en pocos minutos en un feroz ataque de hipo. El paso siguiente ante la atenta mirada de todos los presentes fue sacarse las lentes y dejar al descubierto sus naturales y miopes ojos marrones.
Dejó un billete sobre la mesa y no quiso ni pensar que estarían pensando de ella. Se puso de pie y en su ánimo de huir raudamente, no pudo calcular distancias. De más está decir que en su carrera a tientas llegó a la vereda, dejando a sus espaldas un sinfín de pequeños accidentes.
Afuera todo era oscuridad. La avenida estaba apenas iluminada por el cartel gigante de la gaseosa aquella que en lo alto de la esquina invitaba a “sentir de verdad”.Esa se convirtió en su única referencia para llegar a la parada del colectivo sana y salva. Esa y el aroma de choripán del carro de la otra cuadra.
De pronto, un bocinazo conocido. Tomó aire, se sacó los zapatos y corrió entre los colores de las luces. Traspasó la bruma olorosa de los chori con chimi y estiró el brazo justo a tiempo, en el mismo momento en que el vehículo se detenía.
Tarde se dió cuenta que lo que tenía al lado no era un coche del corredor verde sino el camión de Cliba. Ante la interrogante mirada de uno de los basureros, optó por alejarse silbando bajito y casi, casi como una gata sobre un tejado de zinc caliente. Paró un taxi de furioso e inconfundible amarillo y mientras el semáforo les cerraba el paso, no pudo vencer la tentación de ponerse de nuevo sus lentes violetas. Miró hacia atrás y pudo jurar que el empleado de Cliba no era otro que Richard Burton, rodeado de lucecitas, diciéndole adíos con la mano.

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